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La revolución educativa será por amor, o no será

Basta con detenerse un poco a ojear las noticias y artículos relacionados con educación para darse cuenta de que el amor pincha poco y corta menos en esto de la «innovación educativa»

Albert Camus creció en un barrio obrero de Argel. Su padre había muerto cuando él tenía solo once meses, y su madre –pobre, sordomuda y analfabeta– tuvo que criarlo con la única ayuda de una abuela poco dada a sensiblerías. A simple vista nadie podría haber presagiado el brillante futuro que le esperaba a ese chico salido de los arrabales. Pero cuando a sus cuarenta y cuatro años recibió el Premio Nobel de Literatura, Camus escribió una carta. Era una carta de agradecimiento: «Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, no hubiera sucedido nada de esto». Dirigía estas palabras a Louis Germain, el maestro de escuela que tanto había confiado en él y le había ayudado a abrirse camino.

Una palabra maldita

Cuando era adolescente discutí con una compañera de clase. Ella trataba de convencerme de que no había razones para preocuparse por el agujero de la capa de ozono. No había –y esto era lo que a mí más me irritaba– razones para el compromiso. No había necesidad de cambiar, no había necesidad de cuidar. Antes de que nos afectara a nosotras –me decía– los científicos le encontrarían arreglo. La tecnología, seguro, nos iba a sacar del entuerto.

Aquella conversación me vino a la mente casi treinta años después, al leer Mal de escuela, un libro sobre todo honesto en el que Daniel Pennac narra sus días de estudiante y su experiencia como profesor: «Entre maestros está mal visto hablar de amor», recuerda. «Intentadlo y veréis, es como mencionar la soga en casa del ahorcado».Y qué razón tiene: basta con detenerse un poco a ojear las noticias y artículos relacionados con educación para darse cuenta de que el amor pincha poco y corta menos en esto de la «innovación educativa». Da igual lo profundo que sea el hoyo en que está metido nuestro sistema educativo, lo único que al parecer nos sacará del entuerto –esta vez también– son las competencias digitales, el flipped classroom, el desarrollo del talento y el ABP.

No es la primera vez que la tecnología –ese nuevo dios de una sociedad mecanizada– suplanta al amor en las vidas de los niños. En Europa y Estados Unidos, durante el periodo de entreguerras, muchos bebés recién nacidos terminaban en orfanatos e instituciones benéficas. Casi todos morían en su primer año, por causas que se atribuyeron primero a la malnutrición y más tarde a las infecciones. En los hospitales y orfanatos se implementaron entonces medidas higiénicas para evitar contagios, entre ellas la de aislar a los niños en cubículos y no tocarlos más que lo estrictamente necesario. Pero a pesar de que su alimentación era buena y su higiene rigurosa, los bebés y niños seguían enfermando y muriendo. Un pediatra llamado Harry Bakwin, basándose en sus observaciones y su intuición, decidió cambiar estas prácticas. Sustituyó los letreros que solicitaban al personal sanitario que se lavara las manos antes de entrar en la planta infantil por indicaciones como esta: «No entre en la guardería sin tomar en brazos a un bebé». De inmediato, las tasas de infección comenzaron a bajar 1 .

Bakwin había sido capaz de empatizar con una necesidad profunda de los bebés y de los niños: la conexión emocional con otro ser humano expresada a través del contacto físico, de las caricias y las sonrisas. Algo que, en el caso de una criatura, puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Ningún médico de aquella época hubiera imaginado siquiera que una situación de estrés crónico podría debilitar nuestro sistema inmunitario y conducir a la muerte 2 . Pero así era: en los orfanatos y los hospitales, los bebés, sin amor, morían de tristeza.

En ese entonces, los niños y niñas no tenían la consideración de «personas», y por eso no se creía que el trato que recibieran por parte de los adultos fuera determinante en su desarrollo. A mediados del siglo XX, la psicología aún giraba en torno a dos visiones enfrentadas: la teoría de los impulsos de Freud y el conductismo. Ninguna de ellas daba demasiada importancia a las relaciones humanas. Y fue en este contexto tan hostil en el que un psicólogo llamado Harry Harlow se propuso dejar bien claro lo importante que es el amor.

Harlow, en su laboratorio de primates de la Universidad de Wisconsin, estaba tratando de poner coto a las infecciones que diezmaban su comunidad de monos Rhesus. Llegó a una solución muy sencilla: aislar a los monitos en jaulas individuales de alambre desde recién nacidos. Pero se dio cuenta de que solo sobrevivían aquellas crías cuyas jaulas estaban recubiertas de una tela acolchada, una tela a la que los monitos se aferraban como si, literalmente, les fuera la vida en ello.

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Nadie hará de padre por accidente: ser padre es una acción voluntaria y consciente. Nou article del professor Almirall a La Vanguardia

Ser padre y hacer de padre

Aunque la llegada de la paternidad pueda venir de forma casual, nadie hará de padre por accidente

Los hombres acceden a la paternidad de diversas maneras, a menudo de forma planificada y en el marco de una relación de pareja, pero otras veces de forma circunstancial, por ejemplo después de emparejarse con una madre monoparental o, en otros casos, como resultado de la ineficacia de las medidas contraceptivas adoptadas.

Sin embargo, aunque sin duda se puede acceder a la paternidad de forma más o menos casual, o incluso por accidente, nadie hará de padre por accidente. Hacer de padre es una acción voluntaria y consciente. Lo que determinará la calidad de esta función parental asumida tiene menos que ver con aquella mayor o menor planificación que con la predilección emocional y voluntaria adoptadas en relación con la criatura antes y después de que llegue.

Aunque se puede acceder a la paternidad de forma más o menos casual, o incluso por accidente, nadie hará de padre por accidente

Porque, más allá del hecho biológico que determina la paternidad de un individuo, lo que definirá y configurará su función de padre, viene marcado por la relación que decidirá establecer y que acabará estableciendo en la práctica con aquella criatura que hasta entonces simplemente se había considerado genética o administrativamente un hijo o una hija suyos. Se trata de una construcción lenta, y a menudo poco lineal, que irá configurando un vínculo, que muchas veces nacerá antes de haber tenido ocasión de ver la criatura o de haberla tenido entre sus brazos

El camino que lleva al padre a configurar este vínculo con el bebé que ahijará, tiene un recorrido físicamente diferente al que recorre la mujer cuando accede a la maternidad gestando la criatura. Mientras que la mujer vivirá a lo largo del embarazo un proceso de transformación que implicará fuertemente su cuerpo, que cambiará su aspecto y forma, al tiempo que destacables modificaciones hormonales le recuerdan permanentemente lo que está sucediendo en ella, el hombre que será padre, queda situado a lo largo de la gestación en un lugar más periférico, y su vivencia del proceso dependerá mucho de la posición que adopten tanto él como la madre.

El camino que lleva al padre a configurar este vínculo con el bebé que ahijará, tiene un recorrido físicamente diferente al que recorre la mujer cuando accede a la maternidad gestando la criatura

Muchos padres, aun siendo pareja de la madre gestante y estando fuertemente implicados relacionalmente con ella y con su embarazo, explican el fuerte impacto emocional que tuvo para ellos, justo después del parto, recibir entre las manos la criatura recién nacida. De repente estaba allí lo que hasta entonces sólo había sido una idea o un deseo o, como mucho, la causa de unos movimientos en el vientre de la madre, a los que en broma llamaban pataditas.

Más allá de lo que generó para un padre el origen de una filiación (planificada, sobrevenida o accidental) siempre existe la posibilidad de que el vínculo tome una u otra forma en el futuro, dependiendo de la actitud adoptada por los protagonistas de la decisión de que una criatura esté en el mundo, optando o no por asumir la función parental. En esta elección de actitudes, la que toma el hombre que opta por hacer de padre, más allá de ser nombrado como tal, tiene un singular recorrido, en el que concurren deseos, emociones, y decisiones conscientes, que serán las que finalmente darán lugar a uno u otro tipo de filiación y, en consecuencia – y esto acaba siendo lo más importante- un mejor o peor desarrollo y bienestar, tanto de la criatura, como de quien ha decidido hacer de padre además de, simplemente, serlo.

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